Quiero escribir sobre la presencia como la suma de 2 elementos: uno, la atención; el otro, la conexión.

Ahora mismo, tengo parte de mi atención dirigida a la relación que mantienen mis dedos con las teclas del ordenador; otra parte, está observando mínimamente cómo voy traduciendo en palabras, a gran velocidad, las ideas y los pensamientos que me van invadiendo y, por último, hay una tercera que está mirando de soslayo una sensación de fondo que me invade el pecho y el estómago.

Dejo las teclas y soplo los pensamientos. Dirijo toda mi atención a lo que, ahora y aquí, estoy viviendo dentro de mí. Respiro y observo mi respirar. El tiempo pareciera que se lentifica y emerge de la oscuridad; pero más que el tiempo lo que se hace más patente, más lúcida, es la conciencia del tiempo; la respiración me lleva hacia adentro, hacia el centro de mi mismo. Desde aquí, observo esa sensación de fondo; y con cada respiración le voy dando más espacio para que se despliegue, para que sea.

Inmediatamente, me han aparecido todas las cosas que debería hacer: tender la ropa, preparar un curso que tengo pendiente, acabar este artículo que me apremia. Todas estas cosas me llaman y me tiran para que deje de estar al lado de lo que estoy experimentando dentro de mí. Reconozco esta clase de cosas: me permiten no estar en contacto con sensaciones que no me agradan; me evitan sentir dolor.

Decido no levantarme de la silla. Dejo de nuevo las teclas del ordenador. Regreso a la respiración y, de nuevo, me sitúo al lado de la sensación.

Me doy cuenta que quiero “preparar más el curso” para poder “saber más”, para “tener más conocimiento” y, así, poder “dominar” al grupo que asistan a la sesión; para poder “tener la clase bajo control”. Me doy cuenta que quiero acabar este artículo para “aparecer como alguien brillante”. Me doy cuenta que quiero tender la ropa rápidamente para que me vean como a “un hombre que colabora, bueno y comprensivo”.

Vuelvo a la respiración, a la quietud, a dirigir la mirada hacia adentro. Le doy atención a eso que estoy viviendo, sin hacer nada más. Hay una mezcla de miedo, tristeza y cansancio. Hay, también, una sensación de “sentir que soy un fraude”; esta última, a medida que le voy prestando atención, se va haciendo más pequeña; casi desaparece.

Mis hijos no necesitan un padre brillante, fuerte, eficaz, con mucho dinero, con respuestas para todo, sin miedo, perfecto. Mis hijos necesitan un padre que esté presente; y, sin duda, hacen todo lo posible para traerme de regreso al aquí y al ahora.

Claudio Naranjo (1932 – 2019), en La vieja y la novísima Gestalt (1989), en referencia a la presencia, nos dice:

“basta con estar consciente; para que se produzca un cambio no se necesita nada más que presencia, estar consciente y responsable”. Además, luego, añade que las defensas (suprimir, rechazar, no reconocer, distorsionar, etc.) son “algo que hacemos y que podemos elegir continuar haciendo o no”; y, para ello, primero, debemos contactar y hacernos responsables de ellas.

En octubre empezamos el grupo de Tarragona de “Mirant la familia” y en La Selva. La primera sesión la dedicamos a la presencia.

Guillem Massot  

Licenciado en Ciencia Física. Educador Social. Terapeuta Gestalt. Formado en el programa SAT de C. Naranjo. PNL, Focusing y Flores de Bach. https://guillemassot.wordpress.com/about/

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