Antes de que los encuentros quedaran suspendido temporalmente, con los padre y las madres del grupo “Mirant la família” trabajábamos la energía creativa (S. Gilligan (1954)); nuestra niña y niño interior.

Ni que decir tiene que en nuestra sociedad la infancia (el niño y la niña) está relegada a ocupar el último escalón. Y, cabe decir, ya desde un inicio, que, “como es adentro es afuera”, la sociedad es un reflejo de nuestro mundo interior. Claudio Naranjo (1932  – 2019), en múltiples ocasiones, nos ha recordado que, de la misma manera que en nuestra sociedad (afuera) el mundo está estructurado alrededor de las necesidades del adulto-varón, sin tener en cuenta las de la adulta-mujer y las de los niños y niñas; domina en nuestro interior (adentro) la voz represiva de un padre crítico sobre la voz materna (y sus valores matrísticos), y sobre nuestra “niña y niño interior” (y sus deseos y necesidades).  Podría poner múltiples ejemplos de cómo nuestras instituciones, leyes y forma de vida reprimen a la mujer y a los niños y niñas, pero creo que bastará con un ejemplo reciente: actualmente, en la crisis que estamos viviendo en este marzo de 2020, resulta interesante ver como esta “mente patriarcal”, de manera “muy natural”, ha gestionado nuestro día a día sin tener en cuenta las necesidades básicas de los niños y las niñas. Pero, lo más cómico, y a la vez disparatado, es que, olvidándose de las necesidades de los niños y las niñas (a los que no se deja salir bajo ninguna circunstancia), ha reconocido e incluido en su manifiesto las necesidades de los animales de compañía (a los que sí se deja salir siguiendo ciertos criterios). Debo decir que, con este ejemplo, no pretendo comparar a los niños y a las niñas con los animales de compañía, pero, parafraseando a Humberto Maturana (1928), el ejemplo sirve porque el mundo de los adultos está tan alejado del mundo de los niños cómo lo está del mundo de los animales; y, por lo tanto, acercarnos a uno de los dos nos puede servir para acercarnos al otro. Pero, dicho esto, valga, sobretodo, este ejemplo (con el que no pretendo que nos saltemos ninguna norma) para, sin dejar de mirar “afuera”, mirar “adentro” y ver de qué manera ahogamos, reprimimos, desconsideramos, machacamos y desvalorizamos a nuestra “niña y niño interior”, sus deseos y necesidades, (y, cómo lo hacemos, ciega -inconsciente- y naturalmente,  de maneras muy lógicas, razonadas y cargadas de “buenas intenciones y buena educación”).

Cuando miro mi “adentro” no sólo veo un reflejo de las actitudes patriarcales que me rodean y me gobiernan “afuera”; sino que también observo una dictadura de la razón que somete a la emoción y al instinto. A mí, particularmente, me ha costado mucho darme cuenta de qué manera soy agresivo con mi parte tierna, y cómo lo soy también con mi parte espontánea. Me ha costado horrores empezar a darme cuenta (45 años, tal vez) de mi machismo (y todavía ahora estoy ciego a muchas conductas, actitudes y creencias que lo abalan y defienden). Y, si miro cómo castigo e inhibo a mi niño interior, diré que he tardado la friolera de 42 años en simplemente percatarme de cómo reprimo la espontaneidad, la naturalidad, la creatividad, el juego, el placer… En mi caso, ese primer “darme cuenta”, tuvo que ir acompañado de una fuerte crisis; es decir, la crisis me permitió empezar a plantearme que, tal vez, dentro de mí, había algo disfuncional, obsoleto, y dañino (conmigo mismo y hacía los demás). Desde ese primer “darme cuenta”, de que algo de “adentro”, tal vez, no era del todo adecuado, hasta percatarme de mi “niño herido” (o mi “adulto machista”) han pasado muchas lunas, y he recibido mucha ayuda externa. No tengo ninguna duda que (además de muchas otras cosas y personas) sin mis primeros tres años de terapia semanal con Manuel, o los últimos siete años de convivencia con Olga ninguna de estas dos tomas de conciencia hubieran sido posibles. Y, por último, y sin ánimo de desalentar, añadir que, esto, este percatarme inicial, no es más que el principio del camino.

Y, si sigo con mi propia reflexión, un día me vino la siguiente pregunta: ¿Y, cómo, un hombre que ha colaborado intensamente a lo largo de su vida en beneficio de la infancia; y, además, durante 10 años, ha estado al pie del cañón en un proyecto que perseguía el respeto a los procesos infantiles, cómo, repito, internamente, ahogaba tanto (y ahoga) a su niño interior? Ferrán, un buen día, me dio la respuesta. Ahí va: parecería, falsamente (ni uno mismo se da cuenta), que uno hace aquello que sabe hacer (uno se cree saberlo, claro); pero, realmente, uno hace aquello de lo que necesita aprender (y, sin darse cuenta, cómo por otra parte sucede con el aprender, uno, en el mejor de los casos, lo va aprendiendo). Así, en mi caso, trabajando en pro de la infancia (afuera), sin saberlo, intentaba curar la herida de mi niño (adentro).

Mi padre, hoy, me hablaba de la palabra sínodo (afuera). Según él, y en eso le doy todo el crédito, antiguamente esta palabra significaba, para los creyentes, “el camino que hacemos juntos y juntas”. Pero, no sólo eso, sino “el camino que hacemos juntos” escuchando todas las voces (consenso) de aquellos que nos acompañan en ese camino. Ese sínodo, pues, además de “un ir juntos y juntas”, era, en cuanto a la Escucha, el camino de en medio entre dos extremos igualmente dañinos: uno, el autoritarismo, la dictadura (el grupo sometido al yo); otro, una democracia que sólo le da valor a lo que piensa y siente la mayoría (el yo sometido al grupo). Es decir, “un ir juntos y juntas persiguiendo el consenso” (el yo en equilibrio en/con el grupo; una especie de buen equilibrio entre el Ser y el Pertenecer). Así pues, si ese sínodo fuera interno (adentro) aquello que perseguiría, diría Claudio Naranjo, sería una abrazo a tres (padre – madre – niñ@) dándole a nuestras tres instancias psíquicas voz y el mismo peso.

Dicho esto, y habiendo llegado hasta aquí, queda claro que cualquier forma de darle voz a nuestra “niña y niño heridos” es bienvenida; cualquier manera de dejar que se exprese es un regalo en pro de nuestro equilibrio interno. Y, en especial, es de agradecer cualquier gesto que le brinde la oportunidad de dar dos respuestas que, en su momento, no fueron aceptadas, ni bien recibidas, o, simplemente, por lo que fuere, no las contempló o no se las permitió: una, sentir y expresar su dolor; dos, sentir y expresar su enfado.

Pues bien, un poco de todo eso, es lo que hicimos en el grupo “Mirant la família”, a lo largo de 2 o 3 sesiones.

Guillem Massot

Licenciado en Ciencia Física. Educador Social. Terapeuta Gestalt. Formado en el programa SAT de C. Naranjo. PNL, Focusing y Flores de Bach. https://guillemassot.wordpress.com/about/

Facilitador del grupo regular Mirant la Família en Cercle de Conciencia Tarragona www.centretarragona.es

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